 El agua es un recurso natural renovable pero finito. El agua no es un bien de consumo sino un patrimonio que debe ser protegido, defendido y tratado como tal.
El sistema hídrico está formado por el elemento agua y los hábitats y ecosistemas que sustenta. El agua es por tanto a la vez, recurso y hábitat. El sistema hídrico es uno de los medios más ampliamente intervenidos y afectados por la actividad humana. Los impactos son múltiples y diversos tanto en carácter como en magnitud, pudiendo afectar a todos los elementos que integran el sistema hídrico, hasta el punto de deteriorar irreversiblemente su calidad intrínseca o de impedir su utilización.
Como en todos los ámbitos del medio ambiente, la sociedad tiene que aspirar a realizar un uso sostenible del agua, lo que implica encontrar el punto de equilibrio entre el modelo de uso (producción de agua potable, extracción de biomasa acuática -pesca comercial, acuicultura-, medio de transporte, usos recreativos -baño, navegación, pesca deportiva-) y la conservación del recurso agua y del sistema hídrico.
Para alcanzar un uso sostenible del agua, como condición previa necesaria, debe cambiarse la cultura clásica del agua, desarrollada y fomentada a partir de las tesis de la sociedad de consumo tradicional y hasta ahora asumida por las entidades que han gestionado y administrado el agua desde un punto de vista antropocéntrico, matemático e hidráulico.
La nueva cultura del agua, la que necesita un País para asegurar el uso y la gestión sostenible del medio hídrico, es una cultura ecosistémica, que asume las interrelaciones entre todos los elementos del sistema hídrico y los gestiona de forma consciente y equilibrada a lo largo y ancho de la demarcación hidrográfica, desde la cabecera hasta el mar, para asegurar la disponibilidad del recurso agua, en condiciones de cantidad, calidad y flujo suficientes, para su aprovechamiento racional y para el mantenimiento de los hábitats y ecosistemas que sustenta.
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